La llamada llegó a las ocho de la tarde. Urgente. Veinte abogados convocados de inmediato para asistir a 226 personas migrantes —adultos, mujeres y niños—, recién llegadas a El Hierro. Muchas familias. Mujeres y menores, en su mayoría procedentes de Guinea, exhaustos tras la travesía y ahora a la espera de un trámite que marca el inicio de su incierto futuro.
No fue fácil llegar. Encontrar un billete de avión resultó casi imposible. Solo la casualidad permitió a algunos abogados aterrizar en la isla a tiempo. A las 13:30 horas estaba fijada la cita en el CATE (Centro de Acogida Temporal de Extranjeros) de San Andrés, donde ya se desplegaba un operativo dirigido por la Policía Nacional.

Cada abogado atendió una media de once personas migrantes, intentando explicar derechos, procedimientos y próximos pasos en un contexto marcado por el cansancio extremo y la barrera del idioma. La tensión logística contrastaba con el trato humano que se respiraba en muchos gestos.
Los agentes de la Policía Nacional -en su mayoría peninsulares- se movían entre los grupos con una cercanía que llamaba la atención. Especialmente con los niños: palabras suaves, sonrisas, manos que calmaban, intentos constantes de aliviar el miedo acumulado tras días de viaje y una llegada abrupta bajo la lluvia atlántica. “Personas entrañables, súper cariñosas con los niños”, resumía una de las letradas desplazadas.
Las familias aguardaban juntas, protegiendo a los más pequeños del frío, aferrándose a bolsas, mantas y a la presencia mutua. En medio del barro, los charcos y el viento, la escena era dura, pero también profundamente humana: abogados llegados a contrarreloj, policías desbordados pero atentos, madres exhaustas, niños mojados y silenciosos.
No hubo imágenes públicas. Las hubo, pero no se pueden publicar. Y quizá no haga falta. La crónica queda escrita en el suelo encharcado del CATE, en los palets improvisados, en las voces traducidas a medias y en la certeza compartida de que, pese a la precariedad, la dignidad se sostuvo gracias a las personas. Es verdad que el tiempo no acompañaba, pero tristemente ha sido una jornada que se está convirtiendo ya en habitual. Al menos, en los últimos años con la incesante llegada de pateras y cayucos.







