



Corría el año de 1894, en el mes de septiembre, cuando al puerto capitalino llegó un barco procedente de Río Grande con destino a Génova. La nave quedó fondeada frente al lazareto del barrio de Los Llanos para pasar la preceptiva cuarentena. El barco venía con “patente sucia”, es decir infectado, pero el aislamiento a que debía ser sometido no fue lo suficientemente vigilado y algún contacto se produjo con tierra. Las consecuencias no se hicieron esperar, pues a los pocos días Santa Cruz estaba invadida por una fuerte epidemia de cólera morbo-asiático que alcanzó a centenares de hogares. Pueblo y médicos se volcaron para luchar contra la enfermedad, participando los vecinos en comisiones de socorro, ayudando a los enfermos y desinfectando casas, ciudadelas, calles y barrancos. Se creó un cordón sanitario que incomunicó Santa Cruz con otras islas y con las localidades del interior.


La procesión discurre solemne hasta que llega a la Plaza del Charco de los camarones, a partir de aquí todo cambia. El Señor del Gran Poder enfila la calle de Puerto Viejo para fundirse con su barrio, que lo honra y quiere como un ranillero más. El Viejito entra en su barrio de la Ranilla para pasearse en olor de multitudes, entre aplausos, lluvias de pétalos de flores, canciones, loas y ruedas de fuego. Es la manera que su pueblo tiene de agradecerle todo lo que por ellos ha hecho desde hace cerca de cuatro siglos, pues desde que la imagen llegó al Puerto, a comienzos del siglo XVIII, no ha dejado de ayudar y consolar a todo al que a su lado acude.
Y este año lo hará de nuevo, porque las Fiestas de Julio son las fiestas del Gran Poder de Dios desde que el pueblo así lo decidió en 1768, y de nuevo el segundo domingo de julio saldrá a la calle arropado por su Hermandad y los devotos que acuden de todos los lugares, tanto de dentro como de fuera de la Islas. Es el Señor del Valle.
NOTA: las imágenes pertenecen a Antonio Díaz, miembro de la Hermandad. y a Tina Calero, Profesora Titulasr de Historia del Arte de la Universidad de La Laguna. El texto también pertenece a Tina Calero.
















