Vivimos tiempos en los que parece haberse instalado la idea de que la política consiste en levantar trincheras. En dividir a la sociedad entre bloques irreconciliables. En convertir al adversario en enemigo y en medir el éxito no por la capacidad de resolver los problemas de los ciudadanos, sino por el número de titulares, de enfrentamientos o de aplausos que recibe cada intervención en las redes sociales.
Quizá por eso, una de las respuestas que más me llamó la atención durante la entrevista que esta semana mantuvimos en Canal 4 Tenerife con el presidente del Gobierno de Canarias, Fernando Clavijo, no tuvo que ver con la financiación autonómica, con la vivienda, con la inmigración o con cualquiera de los grandes asuntos que ocupan la actualidad política. La palabra que más me hizo reflexionar fue otra mucho más sencilla: normalidad.
Cuando le pregunté por los momentos más complejos de la legislatura, mencionó la crisis migratoria, la visita del Papa y, casi de manera inesperada, habló de la importancia de recuperar la normalidad institucional. No como una ausencia de problemas —porque los problemas existen y son enormes—, sino como una forma de entender la política desde el diálogo, el respeto y la capacidad de alcanzar acuerdos incluso entre quienes piensan de forma diferente.
Fue entonces cuando la conversación abandonó durante unos minutos el terreno de la gestión para adentrarse en algo mucho más profundo: el clima político que vivimos.
En España llevamos demasiado tiempo acostumbrándonos a un escenario en el que parece obligatorio escoger un bando. Un país donde, con demasiada frecuencia, los puentes se sustituyen por muros. Donde el acuerdo se interpreta como una cesión y la discrepancia como una declaración de guerra.
Canarias, sin embargo, ha mantenido históricamente una forma distinta de relacionarse políticamente. No porque no existan diferencias —que las hay, y profundas—, sino porque durante décadas ha prevalecido la idea de que los grandes asuntos de esta tierra merecen ser defendidos conjuntamente, independientemente del color político de quien gobierne en cada momento.
Durante la entrevista, Clavijo reivindicó precisamente ese «modo canario»: la posibilidad de discrepar con firmeza y, al mismo tiempo, seguir sentándose a hablar. De defender posiciones distintas sin romper todos los puentes. De entender que el diálogo no es un signo de debilidad, sino una herramienta imprescindible para gobernar una comunidad tan diversa y compleja como la nuestra.
Pero esa reflexión me llevó inevitablemente a otra que considero aún más importante.
Durante la entrevista apareció en varias ocasiones una expresión que en los últimos años ha ido ganando presencia en el debate político del Archipiélago: el Modo Canario.
Es cierto que el concepto ha sido impulsado por Coalición Canaria y forma parte de su discurso político. Sería absurdo ignorar ese origen. Sin embargo, quizá el verdadero éxito del Modo Canario no consista en identificar a un partido político, sino precisamente en dejar de hacerlo.
No me cabe duda que las buenas ideas dejan de pertenecer a quien las impulsa cuando la sociedad decide hacerlas suyas. Y creo que ahí reside el verdadero desafío.
El Modo Canario solo tendrá sentido si deja de entenderse como un eslogan para convertirse en una cultura institucional compartida.
No debería ser patrimonio del Gobierno.
Ni de la oposición.
Ni de unas siglas determinadas.
Debería ser una forma de entender la política asumida por todos los grupos que forman parte del Parlamento de Canarias.
Gobernar una comunidad autónoma fragmentada en ocho islas exige algo más que mayorías parlamentarias. Exige capacidad para escuchar. Para negociar, e incluso, para ceder cuando es necesario. También para comprender que el adversario político nunca debería convertirse en un enemigo personal.
Durante demasiados años hemos normalizado una política construida sobre la confrontación permanente.
Hemos asumido como inevitable que los parlamentos sean escenarios donde se levantan muros, donde cada intervención parece destinada a desacreditar al contrario y donde el acuerdo se interpreta casi como una derrota.
Basta observar muchas de las sesiones del Congreso de los Diputados para comprobar hasta qué punto el ruido ha terminado ocupando un espacio excesivo.
La descalificación sustituye con demasiada frecuencia al argumento. El titular inmediato pesa más que la búsqueda de soluciones.
Y el ciudadano contempla, con creciente desafección, cómo quienes deberían representar a toda la sociedad parecen dirigirse únicamente a quienes ya piensan como ellos.
Canarias tiene hoy la oportunidad de demostrar que otra manera de hacer política sigue siendo posible.
No porque aquí no existan diferencias ideológicas. Existen. Y son profundas.La riqueza democrática reside precisamente en esa pluralidad.
Pero una democracia madura también se mide por la capacidad de transformar esas diferencias en acuerdos cuando está en juego el interés general.
El verdadero éxito del Modo Canario llegará el día en que nadie necesite mencionarlo. Cuando el diálogo forme parte de la normalidad institucional.Cuando el respeto deje de ser noticia. Cuando la cortesía parlamentaria no se interprete como debilidad. Cuando discrepar no implique romper todos los puentes.
Los partidos son imprescindibles en democracia. Pero no son el fin; son el instrumento. El fin siempre deben ser las personas. Los canarios. Todos. Los que votaron al Gobierno, y los que decidieron confiar en otras opciones políticas.
Hay que recordar que la legitimidad democrática no termina el día de las elecciones; precisamente ahí comienza la verdadera obligación de gobernar para todos.Y ahí reside, probablemente, una de las mayores responsabilidades de cualquier Ejecutivo.
Entender que las instituciones no pertenecen al partido que circunstancialmente ocupa el poder.
El Gobierno de Canarias no es patrimonio del Gobierno.
El Parlamento no pertenece a quienes tienen mayoría.
Los cabildos no son propiedad de quienes los presiden.
Las instituciones son de los ciudadanos.
Los gobiernos pasan.
Las mayorías cambian.
Los partidos evolucionan.
Pero las instituciones permanecen.
Y precisamente por eso deben administrarse con la serenidad, el respeto y la altura de miras que exige aquello que pertenece a toda la sociedad.
Durante la entrevista hablamos de vivienda, de financiación autonómica, de inmigración, de dependencia y de desarrollo económico.
Todos ellos son asuntos fundamentales.
Pero cuando terminó la conversación tuve la sensación de que el mensaje más importante quizá no estaba en ninguna cifra ni en ningún anuncio.
Estaba en recordar que la política solo recuperará plenamente su prestigio cuando vuelva a situar a las personas por encima de los partidos y a las instituciones por encima de quienes las gobiernan circunstancialmente.
Ojalá llegue el día en que el Modo Canario deje de ser una expresión política para convertirse simplemente en la forma natural de entender nuestras instituciones.
Ese día dejará de importar quién acuñó el término.
Importará mucho más que Canarias haya conseguido preservar algo extraordinariamente valioso en una época dominada por la polarización: la capacidad de discrepar con firmeza sin dejar de respetarse.
Nadie duda que los muros siempre terminan separando a quienes deberían buscar soluciones juntos.
Y quizá la mejor política sea, sencillamente, aquella que nunca olvida que las instituciones pertenecen a los ciudadanos, que los gobiernos son pasajeros y que Canarias siempre debe estar por encima de cualquier proyecto partidista.
Los medios de comunicación tampoco deberíamos contribuir a levantar más muros. Nuestra obligación no es alimentar la confrontación permanente, sino ofrecer espacios donde las ideas puedan confrontarse con respeto, donde las preguntas sean exigentes y donde el ciudadano encuentre argumentos para formar su propio criterio. Si esta entrevista ha servido para reflexionar sobre esa forma de entender la política, entonces habrá cumplido uno de los objetivos más importantes del periodismo: ayudar a construir una sociedad mejor informada y, ojalá, también un poco más serena.
Quizá, en una época marcada por la polarización, por los muros y por el ruido constante, la verdadera noticia sea precisamente esa.
La normalidad.
NOTA (*): Dailos Cañizares es Director General del Grupo Multimedia Canal 4 Tenerife.










