
Este año regresa de nuevo como predicador, después de unos años sin hacerlo el Padre Fray José Arenas Sabán, quien ya hace algún tiempo estuvo al frente del Santuario del Cristo de la Laguna.
El franciscano lucentino nació el 6 de enero de 1956 y se colgó el hábito de San Francisco de Asís en el Real Monasterio de Guadalupe en Cáceres a los 17 años. Posteriormente se ordenó sacerdote en la diócesis de Sevilla a manos del Cardenal Bueno Monreal en 1980. Ha desarrollado su ministerio en distintos lugares de la Comunidad Franciscana como Sevilla, La Laguna de Tenerife, donde tiene rotulada una calle a su nombre, Córdoba, Guadalupe, Mérida, Albacete y desde 2022 es vicario del Santuario de la Virgen de Regla de Chipiona.
La imagen del Señor de las Tribulaciones, también llamado Señor de Santa Cruz, es una talla de busto que representa a Jesucristo de Nazaret en su representación del ‘Ecce Homo’, que se venera en la Iglesia de San Francisco de Asís en la ciudad de Santa Cruz de Tenerife.
El Señor de las Tribulaciones es la advocación más venerada a la vez que simbólica de Santa Cruz de Tenerife. Es invocado como protector de la ciudad, debido sobre todo a que salvó a la capital tinerfeña de una epidemia de cólera-morbo en 1893. Desde entonces ha estado unido íntimamente a la idiosincrasia y forma de ser de todo santacrucero. Su hermandad es la Real y Venerable Cofradía del Señor de las Tribulaciones.
Los orígenes no están del todo claros. La primera noticia documentada es que en 1745 estaba en la capilla del viejo hospital de los Desamparados de Santa Cruz, ubicado donde actualmente se levanta el edificio del Museo de la Naturaleza y la Arqueología. Es posible que la trajese el clérigo don Fernando de Fuentes, ya que fue quien la colocó en dicho hospital, donde ya se le profesaba gran veneración por parte de los enfermos. Este sacerdote dejó la imagen bajo la custodia de don Francisco Tolosa, distinguido capitán que fue protagonista en la victoria frente al almirante Nelson.

Parece ser que las familias más pudientes reclamaban la presencia de la imagen en sus casas cuando les azotaba alguna enfermedad. Una de estas familias era la de don José de Carta, quien la trasladó a su domicilio en la primavera de 1795, para obtener la curación de su esposa, doña María Nicolasa Eduardo, gravemente enferma. Tras haber visto la familia que la imagen exudaba gotas de agua en el rostro, don José de Carta avisó a varios testigos, lo que llevó al capitán don Francisco de Tolosa a remitir una carta al vicario de Santa Cruz para que, junto a un notario público, dieran fe de lo visto.
En dicha carta, el capitán Tolosa escribía: “se observó una erupción de varias partes del rostro de dicha escultura, al parecer como agua, según lo líquido y cristalino de las gotas que formaba. La recogieron en unos algodones, dejando rastro enjuto. Al poco rato, volvió a repetirse este hecho, por lo que citado José Carta llamó al teniente Pedro Ortiz, que volvió a enjugarla, al creer que el origen de este fenómeno se debía a la proximidad de la lámpara que estaba junto a la talla. Así, se retiró la lámpara y, sin embargo, sucedió lo mismo por tercera vez, ya en presencia de más testigos”.
Dado que además doña María Nicolasa acabó sanando, se llegó a denominar estos hechos como El Milagro del Sudor, por lo que su fama de prodigiosa creció enormemente. En el año 1802, el capitán Tolosa cedió la imagen al convento franciscano para que su creciente devoción pudiese ser disfrutada por la ciudadanía. En 1849, el convento dominico de la Consolación (que se ubicaba donde actualmente está el Teatro Guimerá) fue derribado y afortunadamente su retablo mayor se trasladó a este templo, habiéndose ubicado al Señor de las Tribulaciones en el nicho inferior, debajo de la Virgen de la Consolación.








