Ridiculizar no es debatir, pero eso ya lo sabemos.

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Durante días, una parte del debate público en Canarias decidió que era más importante ridiculizar a José Alberto Díaz-Estébanez que analizar seriamente las dudas planteadas sobre la gestión del caso MV Hondius.
Bastó una intervención vehemente en televisión, en El Grillo de Gonzalo Castañeda en Canal 4 Tenerife, para activar la maquinaria del meme, la caricatura política y el linchamiento mediático. Algunos medios y perfiles en redes encontraron rápidamente un nuevo objetivo: convertir al diputado de Coalición Canaria en una especie de personaje histriónico al que desacreditar más por las formas que por el fondo de lo que decía.

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Y sin embargo, mientras unos hacían bromas, caricaturas y artículos cargados de desprecio, el tiempo empezó a añadir elementos que hacían aquellas preguntas mucho menos absurdas de lo que algunos pretendían vender.
Por qué molesta tanto alguien que habla sin filtro mientras otros maquillan mensajes institucionales?
Porque lo cierto es que:
* sí existieron contradicciones oficiales,
* sí aparecieron positivos posteriores,
* sí hubo seguimiento epidemiológico internacional,
* sí se generó tensión institucional,
* y sí terminó abriéndose un enorme debate sobre protocolos, PCR, transparencia y competencias.
Y eso cambia bastante las cosas.

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El problema nunca fue si José Alberto levantó más o menos la voz en un plató de televisión. El verdadero problema es otro mucho más profundo: la incapacidad que tiene hoy parte de la sociedad y del ecosistema mediático para diferenciar entre exageración política y derecho legítimo a expresar preocupación.
Porque en democracia hacer preguntas incómodas jamás debería convertirse automáticamente en motivo de ridiculización pública.
Especialmente cuando hablamos de:
* una alerta sanitaria internacional,
* un virus desconocido para la mayoría de la población,
* decisiones tomadas con enorme opacidad,
* y un Gobierno de Canarias que denunciaba públicamente falta de información y garantías.
Durante días se intentó instalar un relato muy concreto:
quien dudaba era alarmista,
quien preguntaba exageraba,
y quien criticaba al Gobierno central poco menos que actuaba por intereses políticos.
Pero el paso de las horas empezó a desmontar parte de ese discurso simplista.
Aparecieron nuevos datos.
Nuevos seguimientos.
Nuevas contradicciones.
Y sobre todo una sensación cada vez más evidente de que el debate real nunca se quiso tener.
Porque era más cómodo convertir todo aquello en un meme.

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La política convertida en espectáculo necesita caricaturas, no argumentos. Necesita vídeos virales, cortes exagerados y personajes fácilmente ridiculizables. Y José Alberto Díaz-Estébanez, con su estilo vehemente y directo, encajaba perfectamente en ese papel para quienes buscaban desviar el foco del debate de fondo.
Pero reducir todo aquello a una burla también dice mucho del deterioro actual del debate público.
Porque quizá el problema no sea que algunos políticos hablen demasiado alto.
Quizá el verdadero problema es una sociedad donde resulta más fácil ridiculizar al adversario que sentarse a debatir seriamente sobre:
* protocolos sanitarios,
* respeto institucional,
* competencias autonómicas,
* transparencia pública,
* y gestión política de una crisis.
Y mientras algunos hacían chistes sobre ratas nadando, otros seguían haciéndose preguntas.
Preguntas sobre PCR.
Preguntas sobre informes técnicos.
Preguntas sobre por qué Canarias no fue escuchada.
Preguntas sobre por qué el barco permaneció más tiempo del previsto.
Preguntas sobre por qué las imágenes del operativo parecían contradecir parte del relato oficial.
Preguntas legítimas.
Porque la democracia no debería consistir en decidir quién hace más gracia en redes sociales.
Debería consistir en discutir seriamente sobre aquello que afecta a la salud pública, al respeto institucional y a la confianza de la ciudadanía.
Y algunas de esas preguntas que hace apenas unos días parecían ridículas… hoy ya no lo parecen tanto.







